A Marina
Era sábado. Una mañana de febrero. 1989. Vale, el mes no lo recordaba pero ha sido fácil hallar la cuenta. Lo demás sí permanece en mi memoria como uno de esos días que dejan una huella indeleble. Casi estrenando año y con la pinta aquella de los once años de sexto de EGB. Todavía la plaza de la Libertad consevaba el banco alto de respaldar elevado sobre el que nos sentábamos apoyando los pies donde en realidad habría que sentarse, con el quiosco de las chuches bien cerca, a cinco, diez metros a lo sumo, acaso eso era lo único importante entonces y por eso nos pasábamos media vida en la plazuela y no en otro lugar. Allí estaba aquella mañana, con Bea, Raquel, Susana y el resto y nada hacía presagiar que sería un día distinto a cualquier otro. Tal vez haberme encontrado con mis padres por allí a aquellas horas, a mediodía de un sábado en el que más bien habrían tenido que estar en Garrido tras el partido de fútbol de mi hermano, debería habérme resultado extraño. Hoy quedaría muy bien asegurar que tenían mis padres el rostro inquieto y la voz apremiante pero a los once años uno no lee entre las líneas de la conducta paterna. Ellos prosiguieron su camino y yo apuré las horas de libertad que me restaban hasta la hora de comer. Supongo que comimos los cuatro y que protestamos como siempre por la tortura de recoger la mesa y llenar el lavaplatos y echar a suertes quién de los dos barría y fregaba. Supongo, digo, porque era igual cada día entonces y durante muchos años más. Brujuleábamos después por la sala esperando que el telediario terminase para ver los dibujos, o la peli (yo bastante desmotivada ante la previsión de otra del oeste) cuando de pronto se acercaron nuestros padres con cara de muchos amigos. Intuimos que algo importante se avecinaba y los dos nos quedamos de pie apoyados sobre el mueble aparador, muy espigados y serios. Cuando volví a recuperar el sentido de la realidad, hacía unos minutos que sabíamos que uno más de nosotros venía de camino. No lo recuerdo bien, imagino que años atrás habíamos martilleado a nuestros padres con queremos un hermanito, porfa, porfa, pero a las alturas del juego en que estábamos, la sorpresa fue mayúscula. Y se mezcló, con la explosión de alegría y saltos por toda la casa, la sensación de llevar toda una vida siendo dos y no saber muy bien cómo gestionar semejante nueva. No creo ir desencaminada si digo que Gorka pensó en un niño a quien adiestrar desde la cuna en los entresijos futboleros y yo, típico en mí, estaba preocupada sólo de que el bebé tuviese nombre casi desde ese instante. Nos pasamos la tarde nombrando todos los que sabíamos, descartando los horribles y reduciendo las posibilidades a unos doscientos... al cabo de unos días se decidió nosotros elegiríamos si eras niño y nuestros padres lo harían si, como resultó ser, nacías niña. La duda se resolvió pronto y anduvimos un poco chafados, no porque fueras chica, sino porque el nombre que llevarías no nos hacía mucha gracia por entonces. Y porque adiós a Mikel Esparza. Y aunque pareciera imposible, la tripa cada vez más abultada de nuestra madre dejó de llamar nuestra atención y la vida siguió, ya lo decía aquél, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Continuó el colegio, y la biblioteca, la música o el ballet. Y tocó verano asturiano y sólo aquella caída en la playa hizo que nos asustáramos pensando en que algo malo pudiera ocurrirte, pero tú te mantuviste tan pancha y el verano terminó y de nuevo el cole con sus pequeñas o grandes anécdotas hasta que finalmente nos plantamos en noviembre y empezó la cuenta atrás en nuestro cabo Cañaveral particular. Inolvidable la noche en que por un momento creí que nuestra madre se había orinado delante de mis narices, la risa y los nervios pudieron con mi estupefacción, para salir hacia el hospital dejando la cena a medio preparar y dos niños con el baile de San Vito metido dentro, incluso cuando hubo que acostarse, como si pudiéramos dormir a pesar de las palabras tranquilizadoras de los aittettes. Poco antes del cambio de día, el teléfono blanco que colgaba en la pared anunció que todo había sido rápido y que eras pequeñita y de poco peso, pero sana y bonita. Y el agotamiento pudo con nosotros y al fin dormimos. He narrado muchas veces la pesadilla que me persiguió aquella noche, ésa en la que toda la familia te visitábamos en el hospital y nadie se percataba, entre el jolgorio y las felicitaciones y los qué preciosa madre mía, de la expresión achinada que delataba el síndrome de la alteración del par 21 y sólo yo parecía ver lo que nadie veía y la angustia me impedía articular palabra.
Una cierta inquietud me acompañó toda la mañana siguiente en el colegio, y sonreía y aplaudía las enhorabuenas del resto, pero no lograba librarme de la imagen de la niña del sueño, cruzando los dedos para que una pesadilla no pudiera alterar una realidad tan perfecta.
Nos faltó volar cuando al fin pusimos un pie en el hospital. Eras pequeña y menudita, la hermana más linda que habríamos podido desear. Y no puedo obviar que te observé muy detenidamente para comprobar que los malos sueños no son sino eso y sólo después apoyé con convicción que te parecías a Gorka, aunque secretamente deseaba que lo hicieras conmigo.
El resto, estás aquí para contarlo tú misma.

3 comentarios:
Precioso
snif snif
Ay,amiga. Me emocionas siempre.
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