Al final sucedió que encontré a un hombre bueno. Un hombre bueno al que querer siempre, incluso más allá del tiempo que hubiéramos caminado uno junto al otro, más allá de la caducidad, inevitable, de todas las cosas que pueden ser.
Al final sucedió también que no hubo senda que recorrer a la par. El rato que pasó a mi lado, que no serán sino minutos en el cómputo final, fue asombroso en su capacidad para volverse inmenso, y minúsculo, a un tiempo, en el instante mismo en que los poros de mi piel reclamaban su merecido lugar. Podría ser. Podría no serlo.
Y al final sucedió que sólo quedó un rastro de colonia en la almohada. Y que no se llora cuando la lavadora realiza su trabajo y llegas a casa tras una larga escapada por mundos llenos de hombres que, buenos o no, tampoco se han quedado para acompañarte en el acto de valentía que supone enfrentarse a las sábanas limpias.
Así que lo hice sola, con la luz apagada y la música alta para no pensar, con la esperanza de ser vencida por la normalidad y la apariencia de no haberme topado jamás con un hombre bueno, con aquél que habría sabido hacerme regresar del lugar al que había ido casi sin querer, pero sin dejar a mi paso miguitas de pan, al fin y al cabo siempre me había creído mucho más lista de lo que he resultado ser.
Al final sucedió que el final siempre llega para ser el principio. O un principio, que ya es algo.
Espero fervientemente que el destino, absurdo, ajeno a la voluntad e inaprehensible, no haga el resto.

1 comentarios:
Es curioso que este tipo de textos no suele tener comentarios.
Por otra parte, no hay "males" ni "bienes" que duren eternamente...y será de recibo que el destino, la vida o uno mismo haga que cambie.
Publicar un comentario en la entrada