11 de enero de 2011

Voces



Como suele decirse del buen vino, ha mejorado con los años, no puede negarlo. A pesar de que ya no es joven y de las arrugas que  surcan su labio superior, ha adquirido un porte de gran dama que nunca antes tuvo. Sus rasgos se han afilado y no queda rastro de la antigua opulencia, de aquella redondez que lo enloquecía.
Todos convendrían en que era ahora, en la cincuentena, mucho más bella que en su juventud. Él también está de acuerdo en que es más fina, ya no gesticula frenéticamente ni lanza risotadas de las que hacen volverse a la concurrencia de un restaurante; hoy fuma tabaco negro, cigarrillos blanquísimos que extrae de una pitillera de plata lisa, sin grabados ni ornamentos.

Para, para, para- habla una voz- esto es una auténtica basura. Una suma de clichés sacados de películas y novelas mil veces vistas y leídas. Venga, dime que ella  utiliza carmín rojo, del caro, y que tiene un cierto parecido a Fanny Ardant.

Bueno, un poco- se disculpa el primero.

Claro, y dime también que ahora se comporta con distancia, como si sus experiencia le hubiese dotado de un descreimiento que la hace inaccesible pero sin convertirla en la mala pécora, en la reina del hielo- de nuevo la voz- venga dímelo.

Pero si es que es así, cómo no voy a contarlo tal cuál, no quiero inventarme otra cosa. No pienso hacer de ella lo que no es. Ni de mí- responde.

Vale, allá tú -y la voz surgida de la nada se esfuma de golpe.

Llevo dos meses cenando ensalada, lo de ensalada es un decir, más bien lechuga y más lechuga con un par de trozos de tomate (llamar a eso tomate es un decir, también) y dos gotas de aceite. Y toda esta insipidez para cerrar el día, ni una mísera cerveza, nada de queso, adiós al embutido que tanto le gusta, toda esa tristura de estómago al irme a dormir, para que ahora venga una amiga y diga que cualquier verdura u hortaliza cruda después de media tarde es una barbaridad, que hincha y te convierte en una bola de gas y que lo suyo es cocerlas si de veras se pretende bajar un solo gramo. Me ha sentado tan mal que me he plantado en el supermercado y he arrasado con la sección de quesos lo más grasos posible. Y me he plimplado una botella de Rioja con toda la alegría de este mundo. Luego me he sentido bastante desgraciada pero como estaba un poco borracha no ha sido para tanto. Ahora mismo ando preguntándome dónde he dejado yo a mis personajes. Ah, sí.

A Fanny Ardant dice, será cabrona la vocecilla de las narices. Pues sí, se parece, y mucho además, y qué pasa. Qué culpa tengo yo de que hace más de diez años, cuando se cansó de mí ( de mí y de todos los demás) decidiese casarse con un ricachón y ponerse a jugar a la gran dama. Le ha salido muy bien de todas formas, me creído del todo su mirada serena, sus frases cortas pero certeras, la sonrisa que no llega jamás a aquella carcajada  estruendosa de antes y su escote elegante, un poco recatado incluso para la ella actual, me gustaba más cuando mostraba sin pudor parte de sus tetas  dos vueltas de perlas de las buenas rodeando sin aprisionar el cuello de mis desvelos juveniles. Ha tenido que marcharse antes de lo que me habría gustado y yo he permanecido en el café todavía un rato más, sin hacer nada en realidad, solamente por no tener que pisar la calle y verme obligado a analizar el reencuentro y el sabor agridulce, amargo en realidad, que sin embargo ya asomaba por la comisura de mis entrañas. Por fin, tras pagar los cafés y la copa de champán, como corresponde a un hombre mucho menos pudiente pero igualmente caballeroso, he salido a la luz a una hora que se ha mostrado poco complaciente conmigo, haciéndome sudar sin haber dado más de cuatro pasos.

Para esto cinco años en la facultad: deontología, manuales de estilo, zancadillas entre compañeros y supuestos amigos, amén de becas y colaboraciones en revistas de cuarta fila en las que mostrarme tan agradecida de trabajar sin parar y sin cobrar como si de una columna en un periódico importante se tratase, muchas gracias por brindarme tal oportunidad.No pasa nada, me encantará cancelar la cita de esta noche para llenar  el vacío de una noticia que se ha caído en el último instante. Cariño, eres como Carrie Bradshaw y sus columnas mundanas, me dice mi madre,muy satisfecha de no tener una hija que cubre las las sesiones del Parlamento, menuda vulgaridad. Me la imagino pintándose las uñas mientras me dice  todo esto, al tiempo que hace muecas cursis al perro y piensa que se le hace tarde para el café y la partida con sus amigas, unas loros insufribles que han resultado ser mis acérrimas seguidoras. Sonrío con cierto fastidio y tristeza y cuelgo el teléfono pensando yo también que llego tarde a contarle a Guillermo quién soy en realidad, aunque para ello necesitaría otra botella de Rioja. Por lo menos.

Llego al hotel en menos de un cuarto de hora a pesar de haber simulado deambular por las calles sin destino definido, como se supone que debe hacer cualquiera en mi estado de ánimo, a medio camino entre la aflicción y el alivio, y aunque había decidido quedarme en la ciudad dos días más, sé que no quiero hacerlo, no estoy dispuesto a continuar un minuto más a expensas de que ella tenga la ocurrencia de verme de nuevo, peor aún, de que no intente hacerlo. Así que sin darme la ducha que me había prometido, recojo las pocas cosas que había traído conmigo y antes de tener tiempo de arrepentirme siquiera, me voy sin dejar en recepción modo alguno de resultar localizable. Unas horas después me pesa bastante semejante arranque de valor y voluntad, me jode sobremanera una huida que se me antoja una estupidez propia de un niño y me pregunto cómo he podido creer en que desaparecer sin más era lo mismo que hacerla desaparecer, como si toda la experiencia acumulada a lo largo de décadas no hubiera servido para demostrar que sigue haciendo conmigo lo que quiere y que sólo ella decide. Si no me ha ido tan mal el papel de segundón (en el mejor de los casos) en la sombra, después de todo,no comprendo la brusca necesidad de reclamar ser el único o abandonar mi personaje en este largometraje tan previsible como cíclico. Sólo cuando entro en el garaje de casa y aparco, con la dificultad de siempre entre las dos columnas más puñeteras que conozco, me doy cuenta de que seguramente la dignidad que nunca he tenido ha venido a instalarse de pronto y para siempre y de que con toda seguridad, me estoy haciendo viejo.

21.30 horas



A la mierda, no pienso enviar este mensaje a la revista. Ni éste ni ningún otro. A la mierda con todo.


2 comentarios:

wraitlito dijo...

Me he sentido embriagado con esa frase tan hermosa 'toda esa tristura de estómago...'
En esta fase post-navideña muchos experimentamos similares cuitas.
Se ve que vienes con ganas.
Saludos

AEB dijo...

Gracias, wraitlito. Es que hay ciertas tristuras que causan grandes penas... Un beso