Para Damián, que no estaba allí sino en algún lugar parecido y al que le gustan estos viajes al pasado.
El mundo cabía en un patio de colegio. En dos siendo más exactos. No tanto porque las vidas tenían entonces horizontes limitados y estrechos, que así era, como porque todo lo que pudiera ocurrírsenos tenía sitio en aquella extensión, en esa parcela pedregosa en dos alturas.
El patio de arriba y el de abajo, ambos incómodos, dolorosos. La especie de pavés de bordes sobresalientes en el de abajo, fruto de una mente poco escolar, era bien temida; mas no era mucho más deseado el resbalón en la grava fina que recubría la piedra en el de arriba, donde la quemazón estaba asegurada. Cuántos pantalones, leotardos y chándales se llenaron de agujeros, cuánto ingenio emplearon las madres para remedar, coser y recoser, planchar rodilleras y coderas sobre los grandes y pequeños desaguisados que sufría nuestra ropa a diario, cuánta sangre habrá brotado de las piteras de frentes y cabezas, rodillas y palmas de la mano. Y sin embargo, qué querencia la nuestra por aquel lugar. A ningún sitio acudíamos con la misma ilusión que a disfrutar de esa media hora inmensa bajo el cielo azul de aquellos inviernos heladores, corriendo para apoderarnos del espacio que nos pertenecía, disputándonos con mayores y pequeños algunos enclaves privilegiados para según qué juegos y no llegando jamás a tiempo de hacernos con la cancha de baloncesto, reino exclusivo de aquellos apuestísimos chicos de octavo, con F. a la cabeza. Salíamos al patio de recreo bien abrigados, con bufanda y guantes muchas veces, y minutos después aquello era un campo minado de balones, gente, abrigos por los suelos, cadenas de cacos dados de la mano esperando que el ladrón de ladrones aliviara el tormento de pasar parte del recreo apresados y quietos, siempre y cuando el mejor atleta de todos no hubiese ido a parar al equipo de los polis, aunque yo me dejara atrapar siempre si J. caía en bando contrario, o me extenuara corriendo tras su zancada. Y él se apiadaba de mí, pero solo al final, y mi mano se enlazaba con la suya para conducirlo a la fila de reos y los dos caminábamos despacio unos metros únicamente nuestros, apretándonos fuerte a pesar de las palmas sudadas. Y con el tiempo rasgaríamos nuestra piel con un compás para eternizar la inicial del otro, pero eso aún no lo sabíamos y tampoco importaba.
Pasado febrero el sol comenzaba a calentar y parecía que todo era más ligero y para cuando regresábamos de las vacaciones de semana santa y aparecían las primeras mangas cortas, las risas se escuchaban más altas y la promesa del verano acababa por convencernos de la utilidad de todo lo que sucedía en las aulas. Marcamos con tiza porterías en el suelo , las carreras de chapas comenzaban y finalizaban a pesar de pisotones ajenos y conseguíamos jugar a la goma entre pases de balonmano y odiseas espaciales de supermanes con babis al viento. Algo después jugábamos un poco menos y nos sentábamos un poco más en aquellas escaleras que daban entrada al aula de lengua, los chicos nos llamaban aburridas y las madres comentaban resignadas ya está, ha llegado el momento en que se sientan y hablan. A cambio, nosotras descubrimos un mundo nuevo en el que los calcetines blancos sólo estaban permitidos para acompañar al chándal o que nos encantaba descubrinos jugando a verdad, atrevimiento o beso. Las vacaciones no significaban otra cosa que hasta luego y nunca pensamos que alguna vez pudiera ser de otra forma pues cada septiembre allí seguían los pupitres verdes, los mapas, las columnas y las piedras. Y los cursos salientes no habían existido nunca y todo era como un cromo visto una y mil veces pero aún así era el nuestro y no queríamos otro. También llegó nuestro turno y desaparecimos para quienes se quedaron. Regresé alguna vez pero creo que ya era otro lugar y no hubo espacio para la pena, sin embargo, son muchas las veces en que esos patios me visitan en sueños.


6 comentarios:
esa foto me ha puesto el estómago del revés. creo que nunca había vuelto a ver el patio después del año 2001.
Seguro que más de uno podemos enseñar cicatrices fruto de mentes privilegiadas que encargaron semejante suelo!!
F y J? Estos dos elementos, no serian hermanos? Compás o cristal?
Efectivamente, hermanísimos.
Compás seguro.
En realidad yo sí estaba allí. Tienes la habilidad de reflejar ese trasfondo de la memoria que todos compartimos y que tan ligado está a esos años que con el tiempo se vuelven mágicos. Un beso y muchas gracias por la dedicatoria.
Jajajaja F, J y A vaya trio, no?
Sí, el trío escalofrío ;)
Publicar un comentario en la entrada