14 de octubre de 2010


Muchos años después él reconoció que incluso sumido en el horror más absoluto, en la situación más vejatoria posible, la vida continúa mostrando pequeños destellos de existencia, y la risa brota de cuando en cuando, y las bromas sencuentran su lugar. Y es posible enamorarse, también.

La conoció una mañana gélida de febrero. Mientras caminaba con su grupo hacia la zanja en la que trabajarían ese día, de pasada, pero con tiempo suficiente para verla. Arrodillada sobre el canal de agua, frotando alguna ropa con las dos manos sumergidas y  los brazos enrojecidos hasta el codo. Ella no levantó la vista de su quehacer, muerta de miedo de ser sorprendida distraída le confesó después, y él, calzado con unas alpargatas agujereadas en la suela, ni siquiera fue consciente de las piedras y el barro del camino. Me hiciste volar aquella mañana, le decía luego. Y le guiñaba un ojo.
Nada sabía acerca ella , apenas una silueta recortada en el vacío de aquel erial, apenas el esbozo de un cuerpo aún muy joven, tal vez recién salido de una adolescencia que no existía entonces.Trabajó forzado y a destajo cada día, escribió cartas a sus padres aun sabiendo que no había forma de enviarlas, pasó varias madrugadas al raso y sin alimento por haberse atrevido a soltar su herramienta cuando sintió que se desmayaba de puro cansancio y jugó a los naipes una tarde con el grupo de Zaragoza, sin parar de discutir de política y acusándose de traición los unos a los otros, dando así salida a la desesperación y la rabia, para acabar fundiéndose en un abrazo con el que parecía el líder, al fin y al cabo el enemigo estaba ahí mismo, cruel y a cubierto, y no eran ellos. 
Semanas después la encontró de nuevo. Quieta y guardando su turno para quién sabe qué humillación. No podía detenerse a intentar conocerla y sin embargo sus tripas no paraban de enviarle mensajes claros. Desconocía cómo se hacen esas cosas, pues María había sido su único amor y la conocía desde niño, así que optó por no pensarlo demasiado y simplemente se le acercó y se presentó. Ella dijo hola y poco más al principio. Casi no levantaba la vista todavía y a él la situación le parecía extraña porque tenía frente a sí unos ojos que miraban hacia el suelo aunque la mujer era casi de su misma estatura y le incomodaba ligeramente hablar al pañuelo que cubría la cabeza de ella. No hablaron de nada importante: sí. No. Soy de Badajoz. Anda, yo de Madrid, bueno de un pueblo. Para lo que necesites, ya sabes cómo encontrarme.

Ya se iba más que satisfecho con el exiguo trofeo obtenido cuando ella lo miró fijamente por vez primera, ¿cuánto tiempo llevas aquí?. Ocho meses. Yo aún no he cumplido uno. Y él pensaba unas palabras de aliento que decirle cuando la mujer volvió a hablar. ¿Crees que saldremos de aquí? Vivos, digo. Y su rostro era todo ojos castaño claro. Y la boca carnosa, o no tanto, quizás no había ya mejillas en el óvalo repleto de ángulos. Claro que sí, y más pronto de lo que piensas. Le mintió porque no pudo hacer otra cosa, cómo ser sincero con aquellos ojos chocolate con miel, cómo decir la verdad si ella lo había mirado implorando una mentira. Aquella noche se revolvió en su jergón, avasallado por pesadillas en las que ella gritaba mentiroso y se tiraba a un pozo con una piedra al pie. Y al día siguiente la buscó en todas partes, sabiendo que apenas compartían horarios o espacios en aquel siniestro campo y la encontró al fin, cargando con un bidón lleno de tierra, partida en dos y aún así se atrevió a elevar su mano y saludarlo, sorprendida en aquel gesto casi etéreo, por una guardiana que le dio un bofetón que la envió al suelo.  No le quedó otra que seguir de largo, en llamas de su propia vergüenza, lleno de un orgullo de hombre herido por saberse cobarde. Horas después esperaba ella a la puerta del barracón I, reguero de dedos impresos en el pómulo, y él apretó el paso y ella permaneció inmóvil. Apresuró la zancada, corrió hasta situarse muy cerquita y sin mediar palabra le estampó un beso en sus labios entreabiertos. No encontró resistencia y la besó durante mucho rato, bebiendo de una boca sabor pulpa de naranja dulce. Aprendió con ella a besar largo y tendido, incluso si apenas contaban con unos segundos no hubo ya besos secos, besos promesa de uno mejor que nunca llegaba, como aquellos que se daba con María cuando la acompañaba a casa al terminar la verbena. Se había sentido un poco estafado siempre. Los hombres del pueblo hablaban de pasión, de urgencia y lujuria, de cimas y simas y él, sin embargo, vivía plegado a la aritmética de los pasos que toda chica decente había de cumplir. Y el beso era breve y cuando por fin hicieron el amor por vez primera los sintió a los dos como títeres de madera y no halló calor ni ésa ni ninguna de las otras veces en que se acostaron, aplastados por el peso de la culpa y el constante medir los centímetros de piel que María le permitía ver o tocar.

Se quisieron ella y él en medio de aquel lodazal de miseria, hambre, mierda y bajar la cabeza. El miedo, presente en cada instante de cada día, rotundo y real como todo aquello que existe con seguridad, como los minutos que pasan o el sol que se pone cada tarde por encima de la torreta de vigilancia, continuó habitando en cada uno de los dos pero no pudo con la naturaleza de sus pulsiones, porque también éstas existían con seguridad. Se amaron sin miedo y sin cuidado. Se amaron sobre el camastro, rodeados de compañeros en una oscuridad más que dudosa, tras una de las tapias recién levantada o bajo el cielo sin estrellas del abril más lluvioso de la última década. También en el interior de los retretes el día que a él le toco su limpieza y hasta en la zanja se amaron, llenos de risas y carcajadas entremezcladas con jadeos, burlándose de la muerte en su propio hoyo.
Antes de dejarse vencer por las pocas horas de sueño que le restan, piensa en Felipe y los otros-no sabe cuántos  seguirán vivos o leales a la causa- y les dice que tienen razón, que las explosiones de deseo también lo poseen a él ahora, fijaros en qué circunstancias. Ni el amor ni el fuego que siente por ella han aminorado con el paso de los meses. El hechizo no se ha roto después de hacer el amor cientos de veces. Los días se suceden y nada cambia en ellos, no hay atisbo de duda o de agotamiento. Ella continúa obsequiándolo con los ojos llenos de curiosidad y ganas. Él la sigue amando incluso cuando pierde dos dientes a causa de la malnutrición y los golpes, la quiere por cómo consigue mantener su dignidad de mujer joven ante un atropello tras otro y la encuentra hermosa en su delgadez y le hace reír con sus ocurrencias y su conversación de quien no ha llegado a conocer nada de lo que merecería y encuentra, sin embargo, resquicios para la felicidad.
A veces se les ponen los dientes largos imaginando cómo sería disponer de un espacio para ellos solos, gozar de la tibieza de unas sábanas limpias para el amor, disfrutar de una comida de verdad, no mirar a todos lados para realizar cualquier movimiento y sobre todo hablar con la libertad que no conocen juntos. 
Ella lo escucha hablar con otros compañeros y compañeras, exaltados todos en reuniones clandestinas que consiguen montar de cuando en cuando, y le parece que lo escuchan y que tiene un cierto peso entre cada vez más personas, que lo animan a intentar establecer un modo de comunicación con el exterior. A ella esto le admira mucho, tiene veintidos años y sabe lo justo: leer y escribir, las cuentas básicas. Más que su madre y que mucha gente del pueblo extremeño en el que ni se leía la prensa. También le asusta. Le asusta pensar que él, enardecido por las esperanzas del resto, se ponga a la cabeza de alguna rebelión, exponiéndose a un destino fatal que lo arranque de sus brazos para siempre. Se siente segura en el estrechísimo mundo que habitan y en ocasiones se encuentra ansiosa imaginando que al fin un día todo acaba y tienen delante todo aquello con lo que sueñan, se empequeñece pensando que no sabrá estar a la altura, que está envejecida y gastada y no es más que una chica de pueblo que no sería nada sin los meses que ha pasado junto a él. Imagina a las chicas de Madrid, esas mujres de capital, limpias y perfumadas, que meriendan té con pastas y bollos en las cafeterías más modernas. Un día él la sorprende llorando muy bajito, mientras lava ropa como cuando la vio la primera vez, y no quiere contarle cuando le pregunta qué le pasa pero al final acaba por hilvanar un discurso entrecortado por el llanto y él consigue entender que tiene miedo de morir allí mismo, y el mismo miedo de ser libre y no saber estar a su lado, cualquier mujer le gustará más que ella y además no sabe cómo ha sido posible pero está embarazada y muerta de angustia y felicidad.

No hace falta contar qué sucedió luego. Como, efectivamente, el fin de aquel terror llegó, aunque no para los tres. Él, fantasma de sí mismo durante meses, enfadado con todo a lo largo de años, acabó por dibujar una línea recta en su vida y cercano a los cuarenta se casó con una prima de María. Lo hizo y fue razonablemente feliz, consiguió perdonarse  no haber podido hacer verdad aquella mentira, no fue cierto que salieran vivos, los dos y la criatura, y creyó que ella, desde algún lugar aprobaba lo que sucedía con aquellos ojos enormes y una sonrisa en su labios jugosos. Se perdonó y aunque sin acercarse al amor que había sentido por ella, logró querer a su mujer con tranquilidad y calor, para, ya anciano, reconocer que sí, algo florece siempre en mitad de la podredumbre.

1 comentarios:

Damián Marrero Real dijo...

Curioso el cambio de ambientación ¿no? Me da que pensar...