When I walk beside her, I am a better man
Hard Sun, Eddie Vedder
Berta tiene celos de la gata de Marcos y hace meses que se acuesta con cualquier tipo que conoce de forma nada casual en antros en que nadie esperaría encontrarla. Roberto le despacha cada mañana dos barras de leña poco cocidas y fantasea con la idea de hacerse con su teléfono y hacerle llamadas levemente obscenas, ligeramente amenazadoras y embaucadoras por completo.
Si me lo pidiese y se deshiciese de la gata a la que quiere más que a mí, me casaría con él, joder vaya si lo haría, sin poderlo evitar es en este tipo de cosas en las que piensa Berta mientras un rockabilly de interminables patillas le gime al oído. Y sonaría always on my mind en el momento de partir el pastel nupcial y mi madre lloraría de emoción (y de envidia) de verme radiante junto a Marcos, que no pararía de susurrarme lo buena que estoy.
Miguel vive en un piso diecisiete y aunque está plenamente capacitado para andar, deja pasar los días sentado frente a lo que a él le gusta pensar es un ventanal, poco más que un pedazo de vidrio poco limpio en realidad, prismáticos en mano, husmeando el crimen más indiscreto; en busca de la Grace Kelly que se le aparece en esas pesadillas que lo dejan agotado y sin capacidad de reacción. Iván vive justo debajo y aspira un gramo tras otro porque odia a Berta, diosa rubia e ignorante, estúpida en su incapacidad para reconocer lo que tiene ante sus ojos: el amor cristalino de Marcos. Marcos. El hombre a quién él habría amado por siempre sin condiciones ni reglas. Ni medida.
Los prismáticos de Miguel se desplazan de una ventana a otra. La cabeza de Iván se eleva para concederse un descanso entre líneas. Son las ocho y veinte de una mañana de febrero y Sonia se levanta sobresaltada porque llega tarde a la oficina y cae entonces en la cuenta de que ama a un hombre que acaba de ser padre por segunda vez. La vida debiera ser algo más que todo esto, se dicen los tres al mismo tiempo, las ocho y veinticuatro minutos tres segundos.
Había una vez una chica que tenía miles de sueños de grandeza y de pronto tenía treinta años y estaba casada con el panadero del barrio y un poco más tarde de de pronto -pero sólo un poco- había parido con dolor a Roberto y ya no cabía en sus faldas de tubo y por eso odia un poco a la criatura, a quien imagina asfixiada en los hornos de la panificadora, o ahogada sin remedio, engullida por la masa de pan chapata. Sin embargo, Roberto es de naturaleza fuerte y cumple un año tras otro sin que nada le suceda y un día, de pronto también, llega a los treinta sin mayor vicio que algunos porros y el deseo insatisfecho y algo mezquino que le provocan los muchos centímetros de carne prieta y bien formada de Berta. Y la vida podría ser algo más que todo esto, seguro. Pero Miguel sigue sentado tras unos ojos que no le pertenecen. Si tan solo hiciera el esfuerzo de salir de casa, si tan solo pisase la calle un rato corto y fuese a parar al bar de la esquina de la calle, la encontraría acodada en la barra, haciéndose trencitas con los mechones que le tapan los ojos. No lo hace y ya no sucederá. No sucederá que ella le sonría y le invite a una copa. No sucederá que se estén besando en un abrir y cerrar de ojos y que ella no atienda la llamada de Marcos, que apague el móvil y se deje arrastrar por Miguel a su piso, para equivocarse de planta y empotrarse contra la puerta de Iván, que insomne y espabilado a tal hora de la madrugada no dudará en abrir la puerta tras haber escuchado el golpe y que tendrá delante a la mujer a la que odia besando y llenando de babas al vecino al que había creído parapléjico, teniendo en sus narices la posibilidad de destrozar a Marcos y de ser él, a cambio, feliz.
No sucederá y no ocurrirá absolutamente nada por ello. Seguirá habiendo pieles de otro, barras de pan, odio cortado por gramos y lentes para esconderse del mundo. Continuarán las vidas y los hijos, tal vez un tercero, y permanecerá el sobresalto al levantarse cada día. Marcos envejecerá satisfecho y bello. Habrá siempre una gata feliz a pesar del peligro.

2 comentarios:
Me quito el sombrero ante este texto, complejo. No es fácil... ni leyendo entre líneas.
¡Menos mal! Nos tenías abandonados...
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