13 de junio de 2010

Gracias a una canción

melaza.  (Del aum. despect. de miel).

1. f. Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha.


Descubrir el origen despectivo de un término que me colma la boca, lo hace aún más atractivo. Como el hijo bastardo al que esconden no por vergüenza, sino para no ensombrecer con su belleza  al heredero, al legítimo, al digno seguidor de su padre y su madre. 


Malena y Fernando tatuaron sus pieles con el jarabe espeso y  oscuro como todo lo que hacían y  que crearon a base de  prensar hojas de tabaco con su amor. El líquido resultante siempre fue amargo. No podía ser de otra forma, estaba escrito así y en nada cambió por mucho que Malena lo probara una y otra vez en busca del rastro del dulzor que le traería un Fernando nuevo. No hubo suerte.


Pero yo si voy a tenerla, y mucha.  Porque a mí no me importa nada que, como la melaza, puedas ser ilegítimo, tosco, el residuo de la persona que otros habrían esperado que fueras. Desconfío mucho de los líquidos, por naturaleza han de seguir su camino y acaban por escapársete sin remedio, así que a diferencia de casi el resto del mundo, nada viscoso me produce asco. Me gusta su tacto singular, esa tendencia a ser resbaladizo, la ambigüedad de tal estado material.

No me asusta saberte, pues, imperfecto, y te quiero dulce, muy dulce, demasiado dulce, casi transformándote en otra cosa, a medio camino entre el hombre y eso otro que pudieras llegar a ser, pero siempre presto a explorarme, a desparramarte como si cada uno de mis centímetros fueran millas de playa, sabanas y selvas vírgenes, sin retroceder jamás, valiente, dulce y espeso, lleno de un calor que me oriente cuando vengan los inviernos en que insista en emigrar a las tierras del norte.

Entonces, cuando el dorado abandone mi piel y mis ojos se tornen azul, sé que querré caminar en ciertas bahías y asomarme a según qué acantilados y sólo tú podrás unirme a ti, pardusco y oleaginoso, y detener el vuelo que, una vez en la lluvia de destino, me haría añorar con furia latitudes del Meridión. 

Ven y quédate, sé mi adhesivo, endúlzame la vida, conviértete en el fuego eterno y rompe cada uno de mis moldes. Atrévete.