Intentaba escribir acerca del mar que veía siempre, de veras lo intentaba. Escribir sobre cómo se había reído la tarde anterior o sobre aquel adolescente que ya mostraba el gran hombre en que se convertiría, incluso había tratado de centrarse en las mariposas, y en los coches y en la estela del último avión que vio despegar. Poner toda su atención en la lista de la compra, en el telediario visto una y mil veces, en escribir una carta de reclamación a la enésima jugarreta de su teleoperadora y en los labios que se le ofrecen de cuando en cuando.
Quiso muchas veces poner palabras a tantas cosas bellas. Y a otras tristes. También a las que le indignaban. Esas palabras que hubiera debido encontrar, las ideas que necesitaban ser plasmadas; la abandonaron poco a poco, de tal forma que cuando ella vino a darse cuenta ya era tarde. Se encontró entonces ante un lenguaje nuevo, un idioma desconocido que, en cambio, parecían comprender muchos de cuantos la rodeaban.
Sabía que la culpa la tenía un único pensamiento que se había hecho con todo, que había engullido todo lo que fuese que había antes.A lo largo de muchos días peleó contra él, luchó por no dejarlo pasar, lo enfrentó con la entereza, la razón, la rabia o la obstinación. Durante semanas no dejó que se colara en ninguno de sus escritos y acabó por no escribir absolutamente nada.
Un día en el que probablemente no había sucedido nada extraordinario decidió rendirse y pensó que dejar salir aquellas letras no significaba nada. No era perder puesto que no había qué ganar.
En el año en el que todos siguieron su camino dándome la espalda, tuve conciencia por vez primera de lo que era estar verdaderamente perdida.

3 comentarios:
¿Sólo literatura?
Demasiado bonito para ser tan triste
eres exquisita. Créetelo!
I.
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