A R.F.S. varón, blanco, 44 años y complexión mediana, le gustaba que los lunes tocase comer pescado, merluza a la romana ligeramente seca, con ensalada de lechuga y agua con gas. Si alguien le plantease la posibilidad de almorzar pollo asado ese mismo día o de trasladar la merluza a, pongamos por caso, el jueves; no hubiese sabido cómo reaccionar.
En un primer instante no habría articulado palabra, conmocionado ante la sorpresa de lo inesperado para poco a poco ir recobrando el color del rostro y sentir cómo una rabia infinita, desproporcionada, contra el ingenuo autor de semejante sugerencia y contra el resto del mundo, le trepaba por la garganta y le estallaba en el centro exacto del Frontal, provocando un dolor tan agudo que de nuevo lo dejaría sin palabras.El universo de A.R.F. era ciertamente limitado, pero era el suyo y le gustaba. No solo le gustaba. No admitía lo que consideraba agresiones en sus calculados días y no tenía intención de preguntarse si existiría algo ajeno a lo único que conocía.
Desayunaba nuestro hombre zumo de naranja y tostadas con mantequilla y mermelada el martes en que su vecina del quinto, con la que intercambiaba un escueto "hola" cada mañana a la hora de comer, salía disparada doce metros calle abajo gracias a que Juan, mensajero precario,se había girado a increpar a un buen hombre que había tenido la ocurrencia de cruzársele absorto en la lectura del Marca, y había arrancado mascullando entre dientes cuando ya era demasiado tarde. Sólo alcanzó a ver un cortina de pelo cobrizo y unos ojos paralizados por el terror. No le darían los años para dejar de culparse por la tremenda cojera que terminó con los días como modelo de estudiantes de Bellas Artes de la bella mujer, a la que asedió durante meses para hacerse perdonar, ofreciendo todo tipo de acuerdos y recompensas, dándose por vencido únicamente cuando el padre de ésta amenazó con obtener una orden de alejamiento.
R.F.S. continuó cruzándose cada día con su vecina y aunque fue absolutamente consciente de su transformación, no le dijo nada que no fuese "hola".Que la chica se extrañase primero, para ofenderse tras la décima vez que compartieron escalera, no era algo que él contemplase en momento alguno. Tampoco llegó a saber que Suso, que atendía la pescadería de su barrio desde hacía siglos, había sido atracado por una pareja de delincuentes comunes el jueves de esa semana porque él no compraba pescado en tal día, y aunque al pasar por el establecimiento el viernes lo halló cerrado, y el lunes a mediodía encontró a su tendero con el rostro amoratado, nada dijo excepto pedir su merluza. Tres rodajas más bien finas, por favor.
Un domingo de mayo acudió a almorzar al mesón de, no haría falta decirlo, todos los domingos. No tenía nada de particular: no era especialmente limpio, ni la comida especialmente rica, tampoco especialmente barato y sin embargo allí comía. Lo había elegido, por encima de la casa de comidas o del buffet de la esquina, porque era grande, enorme, atendido por un sinfin de camareros, y eso aseguraba atención y apertura. Un lugar así no está a expensas de que el dueño-cocinero-chicodelacomanda se ponga enfermo o fallezca su tía la monja, se repetía él cada cierto tiempo. Así que no supo qué decirse a sí mismo cuando a las 14.45 de aquel domingo, el mesón Las Cucharas no tenía sus puertas abiertas. Tiró de la puerta varias ocasiones, arrimó la cara al cristal como tres veces para comprobar que las luces estaban apagadas, aguzó el oido por si escuchaba señales de una inminente apertura... a las 15.00 se convenció por fin de que no había nada que hacer. Y se quedó en blanco. Cualquier otra persona habría mostrado fastidio a lo sumo y en seguida habría recalado en uno de los tantos bares, restaurantes y tascas de la zona. Cualquier otra persona se habría alegrado, a posteriori, del cierre de Las Cucharas pues éste le había posibilitado un menú mucho más satisfactorio. R.F.S. simplemente no sabía hacerlo, carecía de recursos. Intentó recordar en qué parte de la ciudad vivía Paco, un compañero de trabajo también soltero con el que apenas hablaba ya pero que hacía años le había ofrecido su casa si algo se le ofrecía. Agotado por el esfuerzo de imaginar el trayecto hasta allí y qué podría decirle que justificase su presencia un domingo a aquellas horas, desistió. No comería y ya está.
Tremendamente contrariado se disponía a regresar a casa consolándose con que se sentiría muy ligero para hacer una buena siesta, cuando oyó una voz vagamente familiar que parecía dirigirse a él.
-Vaya, así que está cerrado- la cascada de rizos cobre,anticipada a todo lo demás- pues no tardo yo ni nada en llegar a los sitios...
-Hola-
-Hola. En realidad he venido porque no quería comer sola en casa pero algo tengo, te invito.
-No sé- R.F.S. se sentía aún más en blanco que minutos antes.
-¿No sabes si quieres comer en mi casa? No cocino tan mal, que lo sepas. ¿Qué te gusta?
-Los domingos almuerzo espaguetis a la carbonara.-
-No tengo nata. ¿Te vale a la boloñesa? Venga, vamos yendo que con la dichosa pierna aún nos queda un rato.
-Solo como espaguetis con salsa carbonara -y vio por vez primera unos ojos verdes y unos dientes blanquísimos bajo la nariz aguileña- pero tal vez pueda hacer una excepción.
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