17 de diciembre de 2009

Olvido (donde habita el)




Nunca olvidaré cómo mi padre despachó el asunto:

-Hija, francamente, me importa tres cojones. Mañana te despides de todo esto y te vuelves al pueblo.

Por la mañana, en el autobús de línea, con mi madre junto a mí, no derramé una lágrima. Por no mostrar a mis padres cuánto me afectaba su decisión, no fuera mi progenitor a tomar alguna represalia  que entonces se me antojaba nefasta, y porque estaba convencida de que en cuanto pudieses  averiguar lo que había sucedido, vendrías por mí. Esto último  hizo que el regreso al pueblo, al calor y al polvo, no resultase tan terrible como lo había supuesto los últimos meses, cada vez que me daba cuenta de que me estaba quedando sin excusas con las que alargar mi estancia en la ciudad una vez que había terminado mi carrera universitaria.

En los primeros días tras mi vuelta  mantuve un sereno enfado para con mi familia, con quien me comunicaba lo justo, pero sin malas palabras o gestos desairados. Todavía me sentía tranquila, era posible que no hubieras sabido de mi marcha hasta un par de días después de haber tenido lugar y a continuación, te llevaría otros pocos poder dar conmigo y organizar tus cosas antes de poder verme.

Salía cada  atardecer, justo un ratito antes de la puesta de sol, para llegar hasta el letrero que indicaba el comienzo del pueblo, todavía poco más que un caserío habitado  por gente cada vez mayor, todavía lejana la época en que se convertiría en lugar de moda luego de que la clase intelectual de la provincia decidiese instalar en él sus cuarteles de invierno. Salía cada atardecer y cuando llegaba al letrero me apoyaba sobre él, sería mejor decir que lo abrazaba, y pasaba un buen rato con la vista fija en la carretera que atravesaba el encinar, y te imaginaba llegando por ella en el 127 blanco, resoplando por el calor pero feliz de encontrarme. En esos días, aún regresaba cada día a casa fuerte, segura de que era cuestión de tiempo saber de ti. Y cenaba con mis hermanos y jugaba a las cartas con mis padres. Y hasta comencé a hablarles y a olvidar mi enfado con el mundo.


No me equivocaba en una cosa: era cuestión de tiempo. La primera semana dio paso a la segunda y cuando saqué el almanaque del cajón de mi escritorio, hacía más de veinte días que había abandonado el piso de la calle Mayor, dejando tras de mí una cama de noventa llena de ti. Y las dudas que no había tenido hasta el momento, comenzaron a arremolinarse como agua que busca camino. Y cada mañana saltaba de la cama convencida de que no podías haberme olvidado tan rápida y bruscamente. Y cada noche, al acostarme, me acompañaba una decepción que iba haciéndose tan honda que ni siquiera me atrevía a mirarla de frente.

Continué yendo cada atardecer hasta el límite entre el pueblo y todo lo demás, pero comencé a hacerlo con desesperación, presa de una inquietud que me hacía echar a correr en cuanto pasaba la plaza y estaba convencida de que nadie podía verme y según me agotaba y boqueaba no dejaba de repetirme hoy sí, de hoy no pasa, ahora va a aparecer tras la curva, joder, no lo he soñado, esto ha sucedido y no puede ignorarlo tan pronto Y llegaba que se me salía el hígado por la boca y con un flato que me hacía saltar las lágrimas, y yo lo agradecía, porque así no pensaba en nada más. Cuando lograba volver a respirar con normalidad clavaba la mirada en el horizonte y comenzaba un ritual idéntico siempre, extenuante e infructuoso, que me llevaba  a decidir cosas del tipo a que si pasaban tres coches en lo que yo tardaba en contar hasta mil, perseveraría. Si no era así, si apenas interrumpía mi letanía el ruido de un motor, daría media vuelta y no intentaría buscarte jamás. Pasaron tres y una moto. Como tenía veinte años y toda la cabezonería del mundo, creí que se trataba de una señal y seguí haciendo lo mismo durante todo el mes de julio, los 31 días, cumpleaños de mi madre incluido, con el consiguiente enfado de mi padre cuando me negué a salir a cenar  a un asador que no se encontraba ni a diez kilómetros.


En instantes de mayor lucidez repasaba cada uno de nuestros encuentros, deteniéndome en todas las frases que era capaz de recordar, buscando la respuesta en algún gesto o palabra que entonces me hubiese pasado por alto. Por mucho que me esforzara, no daba con un solo rastro válido, porque nada había que sugiriese un adios sino todo lo contrario. Visualicé una y mil veces tu figura, sus recovecos, luces y sombras de todo cuanto me habías permitido conocer y me pareció tan insuficiente, me dejaba tan ávida de más, tan sedienta, que me parecía imposible que tú, que lo sabías, pudieses ser tan cruel  como para negármelo y dejarme creer por siempre que merecí  de ti algo más duradero, más profundo, mejor.

Y según agosto hacía subir las tempetaturas hasta lo insoportable, mi rostro fue haciéndose todo ojeras y la voz, desapareciendo. Mi estado no podía pasarle desapercibido a nadie, claro, y mi madre comenzó a pasar más tiempo a mi lado, sin hacer alusión a mi aspecto o mi ánimo pero observando, con teórica discreción, que me alimentaba y no vomitaba a continuación, que me duchaba y que no intentaba cometer ninguna tontería. Mis hermanos pretendían divertirme con su colección de gracietas adolescentes de humor tirando a pesado y lograron que les acompañara algunas tardes a la piscina comarcal pero como resulté una compañía de lo menos estimulante-acostada a la sombra de un sauce sin quitarme la ropa siquiera- dejaron de insistir relativamente pronto. Fue mi padre quien, como siempre, zanjó el duelo que habitaba,en  su más puro estilo.
Desayunaba el café con leche de todos los días y mientras me agotaba pensando en las horas que restaban para poder volver a acostarme de nuevo, entró él en la cocina y se paró frente a mí.
-¿Todas esta tontería es porque dices que te has enamorado? Yo no sé qué pasa en esta casa que parece que nos hemos vuelto todos tontos. Joder hija, que no tienes trece años...
Yo ni siquiera lo miraba y si él esperaba que yo añadiese algo, no abrí la boca y dejé que hablase lo que tenía que decir.
-Ya está bien de estar todo el día como un alma en pena ¿te enteras?, que tienes a tu madre enferma de preocupación y a mí hasta, bueno, acabaré diciendo una barbaridad. Si crees que vas a seguir así, vas aviada.
Pensé con fastidio que estaba terminando el tazón de café y tendría que moverme, hacer algo, dirigirle la palabra a ese hombre con el que nunca había tenido nada que ver.
...así que se acabó no hacer nada y ya puedes ir pensando en ponerte a trabajar, o a buscarte un marido millonario si te da la gana, pero te quiero ver haciendo algo en cuanto termine el verano. Y cambiado esa cara, ya.  Que habría que verle también, que ya me estoy imaginando a cualquier tirado peludo, si  ya vi la gentuza con la que andabas en la ciudad. Ahora que eso se ha acabado, eso que te quede muy claro.Coño, que si ese chico fuese algo importante... ¿ha aparecido por aquí? No, pues qué más necesitas, hija, qué más necesitas, que parece que te hayas caído de un guindo ahora mismo.

Le odié más que nunca, más de lo que volvería hacerlo después,  cuando me vi obligada a cuidarlo en la vejez prematura y enajenada que la vida (la mala baba, diría yo) le trajo a los pocos meses de enviudar, también antes de tiempo. Así que una mañana, cuando simplemente no pude más, me fui de casa. Siempre había pensado que ésas eran cosas terriblemente complicadas de hacer y sin embargo, no fue así. Bastó con hacerme con lo que consideré imprescindible, salir por la puerta un mediodía de septiembre aprovechando que mis padres se encontraban en misa, tomar el mismo coche de línea en el que había venido tres meses antes y encontrarme, hora y media después, en las calles que tanto había añorado.

Las heridas escocieron todavía durante lo que me pareció demasiado tiempo, seguramente no lo fue tanto, y después te me fuiste desdibujando. No llegaste a borrarte porque de vez en cuando aún me asaltaba una punzada, la del fracaso y los porqués que nunca fueron respondidos, y después vino la fase del rencor, que fue sustituido por el período del beneficio de la duda. Nadie acertó a decirme qué había sido de ti. Habías desaparecido poco después de mi marcha y ya no se sabía más. Habías querido cortar amarras. Y me dio por pensar que habías muerto en un accidente, incluso en un accidente de camino a buscarme, y no me sentí mejor por ello, el hecho de que un destino fatal y no la indiferencia hubiese dedidido por nosotros no ejerció el efecto deseado.

Afortunadamente tenía veinte años y toda la cabezonería del mundo. Entonces no podía saberlo, pero todo jugaba a mi favor.



9 de diciembre de 2009

Pilar


-Abuela, ¿por qué en la foto de la boda vistes de  negro?¿llevabas luto?- pregunta ella.
-Ay hija- contesta la abuela mientras se ríe- en esos tiempos nos pasábamos media vida de negro... no habíamos salido del luto por uno y otra vez vuelta a lo oscuro. Y yo por mi mamá guardé luto mucho mucho tiempo. Aunque a mí me hubiera gustado casarme de blanco, de novia-novia, como dios manda, y habría podido, además.
-¿Y entonces?- pone cara de no comprender
-Por tu abuelo y su familia, por no hacerles un feo... como ellos no eran de muchos posibles y nadie me dijo nada, me pareció que llevar vestido blanco, y velo, y todo eso, era como hacerles de menos a ellos, ya ves, y eran los años de la posguerra y tanta gente se casaba de negro entre una cosa y otra que...
-Mi otra abuela tampoco se casó de blanco, yo pensaba que era una moda de entonces- habla la nieta.
-Noooo, ahora que esa pena tengo, una pena bien gorda. Porque a Maruja no la había costado nada decirme que tu abuelo iba a vestirse elegante, que yo no sé cuánto tuvieron que apretarse el cinturón para aquello.Si yo sé eso. Y ni mú dijo. Que yo, de haberlo sabido, como si quedan dos días para la boda. Mi papá habría ido donde hubiera hecho falta para conseguir un traje. Que Valladolid era muy pequeña como para tener vestido de novia sin llevar meses en la modista pero mi padre, ya ves, lo que hubiera hecho falta. Por mí era adoración, mi papá. A ver, la única niña... que me lo decía él, que como si había que buscar vestido de novia en Madrid o en San Sebastián, nada más hubiera tenido que escoger el que más me gustase.Me pinchas y no me sale sangre el día de la boda... cuando veo a Rafa hecho un pincel y yo sin saber nada, con la ilusión que me habría hecho salir en los retratos de largo y con velo, porque es un recuerdo para toda la vida, y a mi mamá le habría gustado mucho más poder verme así, que aunque ya hacía años que había muerto... pues a mí me queda esa pena, oye, que ella hubiese querido una novia como más novia.
-Murió joven tu madre, ¿no?-
-De cincuenta años. Un día se encontró mal y al rato el médico nos dijo que no había nada que hacer, así, de golpe. Me hizo mucha falta mi madre, normal. Ni me vio casada, ni conoció a sus nietos- suspira y hace una pausa- con lo que me quería. Y yo a ella. Era una señora y no te creas, que en muchas cosas tenía más mando que mi papá, y las cosas muy claras. Me acuerdo que me decía, cuando yo aún era muy joven, que si quería darle el mayor disgusto de su vida, no tenía más que quedar embarazada. Te prefiero muerta que con tripa, conque tú verás, eso me lo decía mucho, a ver, yo tenía que ser una señorita.
-Jolín, un poco exagerado ¿no?-pone cara de horror la nieta- a mí se me ocurren cosas mucho peores, aunque entiendo el disgusto.
-Huy, entonces ésta era una de las peores cosas que podía tocarle a una familia, se consideraba un vergüenza que llevaba no sólo la chica en cuestión sino toda su familia. Que ya ves tú hoy, yo no sé qué ha cambiado, no creo que haya muchas madres que prefieran morir a eso...
-¿Y a ti qué te parecía, abuela?-espera que la opinión de la mujer coincida con la suya.
-Entonces esas cosas no nos parecían bien ni mal. Eran como te cuento. Y si tus padres decían que era así, no había más que hablar. Yo jamás di disgustos en casa ni me peleé con mis padres. Bueno, muchos años después reñí con mi papá. Ya había nacido tu padre, y todos yo creo. Hasta nos dejamos de hablar. Salimos riñendo y le retiré el habla y le prohibí la entrada en mi casa.
- ¿Dejaste de hablar con tu padre?¡no me lo creo!-los ojos como platos sólo de imaginar que su abuela, siempre amable, siempre buena, con mil y una historias que contar, fuese tan implacable con su propio padre.
-Sí hija, lo que estás oyendo. Si mi mamá levanta la cabeza...se vuelve por donde ha venido, fíjate lo que te digo. Que no se le había perdido nada a mi padre con aquélla, válgame Señor, que empeñado en presentármela formalmente, a la Tuerta, a ver a santo de qué...
-¿Cómo?¿la Tuerta?, abuela, pero de quién estás hablando- se asombra la chica por enésima vez en ese ratito.
-Parece que quiere bajar el calor, cómo lo ves tú, me voy a arreglar y nos llegamos hasta la Plaza Mayor a merendar una leche merengada ¿te parece?-cambia de tercio con cierta guasa.
-Vale-cede su nieta- pero otro día me cuentas toda la historia ¿eh?-
-Vale, otro día te cuento toda la historia- y se sonríe mientras se da la vuelta para avanzar por la antesala a pasitos cortos, desmadejados, con fondo de respiración asmática.


3 de diciembre de 2009

Palabras de otros


You only love once, poema de Ben Clark. He dado con un lugar en el que encuentro siempre escritos que me encantan.

Cuida que estén visibles los rincones,
-dijo una vez mi madre-;
no existe otro secreto para un aspecto limpio.

Desdeña el fuego lento,
compra un buen suavizante pero vasos baratos.

No intentes comprender cuando estés triste.
Olvida, cuando puedas olvidar,
y no llames jamás más de dos veces
sin que nadie descuelgue al otro lado.