Nunca olvidaré cómo mi padre despachó el asunto:
-Hija, francamente, me importa tres cojones. Mañana te despides de todo esto y te vuelves al pueblo.
Por la mañana, en el autobús de línea, con mi madre junto a mí, no derramé una lágrima. Por no mostrar a mis padres cuánto me afectaba su decisión, no fuera mi progenitor a tomar alguna represalia que entonces se me antojaba nefasta, y porque estaba convencida de que en cuanto pudieses averiguar lo que había sucedido, vendrías por mí. Esto último hizo que el regreso al pueblo, al calor y al polvo, no resultase tan terrible como lo había supuesto los últimos meses, cada vez que me daba cuenta de que me estaba quedando sin excusas con las que alargar mi estancia en la ciudad una vez que había terminado mi carrera universitaria.En los primeros días tras mi vuelta mantuve un sereno enfado para con mi familia, con quien me comunicaba lo justo, pero sin malas palabras o gestos desairados. Todavía me sentía tranquila, era posible que no hubieras sabido de mi marcha hasta un par de días después de haber tenido lugar y a continuación, te llevaría otros pocos poder dar conmigo y organizar tus cosas antes de poder verme.
Salía cada atardecer, justo un ratito antes de la puesta de sol, para llegar hasta el letrero que indicaba el comienzo del pueblo, todavía poco más que un caserío habitado por gente cada vez mayor, todavía lejana la época en que se convertiría en lugar de moda luego de que la clase intelectual de la provincia decidiese instalar en él sus cuarteles de invierno. Salía cada atardecer y cuando llegaba al letrero me apoyaba sobre él, sería mejor decir que lo abrazaba, y pasaba un buen rato con la vista fija en la carretera que atravesaba el encinar, y te imaginaba llegando por ella en el 127 blanco, resoplando por el calor pero feliz de encontrarme. En esos días, aún regresaba cada día a casa fuerte, segura de que era cuestión de tiempo saber de ti. Y cenaba con mis hermanos y jugaba a las cartas con mis padres. Y hasta comencé a hablarles y a olvidar mi enfado con el mundo.
No me equivocaba en una cosa: era cuestión de tiempo. La primera semana dio paso a la segunda y cuando saqué el almanaque del cajón de mi escritorio, hacía más de veinte días que había abandonado el piso de la calle Mayor, dejando tras de mí una cama de noventa llena de ti. Y las dudas que no había tenido hasta el momento, comenzaron a arremolinarse como agua que busca camino. Y cada mañana saltaba de la cama convencida de que no podías haberme olvidado tan rápida y bruscamente. Y cada noche, al acostarme, me acompañaba una decepción que iba haciéndose tan honda que ni siquiera me atrevía a mirarla de frente.
Continué yendo cada atardecer hasta el límite entre el pueblo y todo lo demás, pero comencé a hacerlo con desesperación, presa de una inquietud que me hacía echar a correr en cuanto pasaba la plaza y estaba convencida de que nadie podía verme y según me agotaba y boqueaba no dejaba de repetirme hoy sí, de hoy no pasa, ahora va a aparecer tras la curva, joder, no lo he soñado, esto ha sucedido y no puede ignorarlo tan pronto Y llegaba que se me salía el hígado por la boca y con un flato que me hacía saltar las lágrimas, y yo lo agradecía, porque así no pensaba en nada más. Cuando lograba volver a respirar con normalidad clavaba la mirada en el horizonte y comenzaba un ritual idéntico siempre, extenuante e infructuoso, que me llevaba a decidir cosas del tipo a que si pasaban tres coches en lo que yo tardaba en contar hasta mil, perseveraría. Si no era así, si apenas interrumpía mi letanía el ruido de un motor, daría media vuelta y no intentaría buscarte jamás. Pasaron tres y una moto. Como tenía veinte años y toda la cabezonería del mundo, creí que se trataba de una señal y seguí haciendo lo mismo durante todo el mes de julio, los 31 días, cumpleaños de mi madre incluido, con el consiguiente enfado de mi padre cuando me negué a salir a cenar a un asador que no se encontraba ni a diez kilómetros.
En instantes de mayor lucidez repasaba cada uno de nuestros encuentros, deteniéndome en todas las frases que era capaz de recordar, buscando la respuesta en algún gesto o palabra que entonces me hubiese pasado por alto. Por mucho que me esforzara, no daba con un solo rastro válido, porque nada había que sugiriese un adios sino todo lo contrario. Visualicé una y mil veces tu figura, sus recovecos, luces y sombras de todo cuanto me habías permitido conocer y me pareció tan insuficiente, me dejaba tan ávida de más, tan sedienta, que me parecía imposible que tú, que lo sabías, pudieses ser tan cruel como para negármelo y dejarme creer por siempre que merecí de ti algo más duradero, más profundo, mejor.
Y según agosto hacía subir las tempetaturas hasta lo insoportable, mi rostro fue haciéndose todo ojeras y la voz, desapareciendo. Mi estado no podía pasarle desapercibido a nadie, claro, y mi madre comenzó a pasar más tiempo a mi lado, sin hacer alusión a mi aspecto o mi ánimo pero observando, con teórica discreción, que me alimentaba y no vomitaba a continuación, que me duchaba y que no intentaba cometer ninguna tontería. Mis hermanos pretendían divertirme con su colección de gracietas adolescentes de humor tirando a pesado y lograron que les acompañara algunas tardes a la piscina comarcal pero como resulté una compañía de lo menos estimulante-acostada a la sombra de un sauce sin quitarme la ropa siquiera- dejaron de insistir relativamente pronto. Fue mi padre quien, como siempre, zanjó el duelo que habitaba,en su más puro estilo.
Desayunaba el café con leche de todos los días y mientras me agotaba pensando en las horas que restaban para poder volver a acostarme de nuevo, entró él en la cocina y se paró frente a mí.
-¿Todas esta tontería es porque dices que te has enamorado? Yo no sé qué pasa en esta casa que parece que nos hemos vuelto todos tontos. Joder hija, que no tienes trece años...
Yo ni siquiera lo miraba y si él esperaba que yo añadiese algo, no abrí la boca y dejé que hablase lo que tenía que decir.
-Ya está bien de estar todo el día como un alma en pena ¿te enteras?, que tienes a tu madre enferma de preocupación y a mí hasta, bueno, acabaré diciendo una barbaridad. Si crees que vas a seguir así, vas aviada.
Pensé con fastidio que estaba terminando el tazón de café y tendría que moverme, hacer algo, dirigirle la palabra a ese hombre con el que nunca había tenido nada que ver.
...así que se acabó no hacer nada y ya puedes ir pensando en ponerte a trabajar, o a buscarte un marido millonario si te da la gana, pero te quiero ver haciendo algo en cuanto termine el verano. Y cambiado esa cara, ya. Que habría que verle también, que ya me estoy imaginando a cualquier tirado peludo, si ya vi la gentuza con la que andabas en la ciudad. Ahora que eso se ha acabado, eso que te quede muy claro.Coño, que si ese chico fuese algo importante... ¿ha aparecido por aquí? No, pues qué más necesitas, hija, qué más necesitas, que parece que te hayas caído de un guindo ahora mismo.
Le odié más que nunca, más de lo que volvería hacerlo después, cuando me vi obligada a cuidarlo en la vejez prematura y enajenada que la vida (la mala baba, diría yo) le trajo a los pocos meses de enviudar, también antes de tiempo. Así que una mañana, cuando simplemente no pude más, me fui de casa. Siempre había pensado que ésas eran cosas terriblemente complicadas de hacer y sin embargo, no fue así. Bastó con hacerme con lo que consideré imprescindible, salir por la puerta un mediodía de septiembre aprovechando que mis padres se encontraban en misa, tomar el mismo coche de línea en el que había venido tres meses antes y encontrarme, hora y media después, en las calles que tanto había añorado.
Las heridas escocieron todavía durante lo que me pareció demasiado tiempo, seguramente no lo fue tanto, y después te me fuiste desdibujando. No llegaste a borrarte porque de vez en cuando aún me asaltaba una punzada, la del fracaso y los porqués que nunca fueron respondidos, y después vino la fase del rencor, que fue sustituido por el período del beneficio de la duda. Nadie acertó a decirme qué había sido de ti. Habías desaparecido poco después de mi marcha y ya no se sabía más. Habías querido cortar amarras. Y me dio por pensar que habías muerto en un accidente, incluso en un accidente de camino a buscarme, y no me sentí mejor por ello, el hecho de que un destino fatal y no la indiferencia hubiese dedidido por nosotros no ejerció el efecto deseado.
Afortunadamente tenía veinte años y toda la cabezonería del mundo. Entonces no podía saberlo, pero todo jugaba a mi favor.

2 comentarios:
Hola :
Estaba preguntándome si donde habita el olvido será en este blog.
Pero como he recordado la pregunta , no debe ser aquí.
Saludos
P.D. : tenía que decirte algo más, pero parece que ahora no me viene a la cabeza ;)
Pues el ovido tal vez no pero la desidia... ando vaga, vaga. A ver si te veo.
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