22 de noviembre de 2009

Culpa I



No he sido justo con vosotros. No es algo que haya descubierto de pronto hoy, claro. Lo he sabido siempre, consciente de que con cada paso que me alejaba de casa, desaparecía la oportunidad de haceros saber cuánto dolía ser tan ingrato. No varió lo que hice, de todas formas. Saberme desagradecido no alteró un ápice mi huida y sí, después se me hizo difícil, absurdo, fuera de lugar, andar llamando y entonar una disculpa más o menos sentida.
Al principio me despertaba en plena noche, sobresaltado por la angustia, imaginando que finalmente el corazón de alguno de los dos no había resistido más y como nadie sabía dar conmigo, jamás me enteraba de que pasaba a engrosar las filas de los huérfanos de este mundo. Pasaban unos minutos y conseguía tranquilizarme pensando que por delicados que pudiérais estar, casi nunca os dejaban mucho rato solos, que a veces la casa parecía un reflejo de Versalles en día de recibir. Con el paso de las semanas y meses, la angustia dio paso a una ligera intranquilidad, que más parecía un cosquilleo que activaba en mi cabeza la lucecita de buena persona que a veces conseguía prenderse. Dos años después, ni eso.
Pero hace no demasiado, un par de meses a lo sumo, volví a despertarme de madrugada sintiéndome extraño, como si no debiera encontrarme en mi propia cama. Observé detenidamente a la mujer rubia, profundamente dormida a mi lado, profundamente parecida a la mujer rubia de ayer, profundamente parecida a todas, parecían conformar una única mujer.  Detesto las  de pelo oscuro, siempre llenas de complicaciones. Hace años que sólo escojo a las rubias, mejor sin teñir y con las tetas grandes. Porque además de desagradecido, soy gilipollas. Llegué a la conclusión de que no era la chica el elemento disonante, sino yo mismo. Mi tiempo, fuese cual fuese el estado en el que consumía mis horas, se agotaba.Podía sentirlo en la aspereza  de las sábanas, hecho en el que nunca antes hubiese reparado, en  el cansancio que me producía el hecho de pensar en despedir sin demasiados miramientos a quien ahora se acurrucaba bajo mi axila, para comenzar un rito tan mecánico como idéntico cada vez, con el mismo final siempre y que sólo ese día, sin embargo, comenzó a parecerme insoportable.
Al día siguiente ya habían caído sobre mí todos los momentos en los que fui torpe, todas y cada una de las veces en que llegué tarde a quien sí me habría querido de veras, cada mentira que os conté-y fueron muchas, aviso- para que me dejárais en paz. Sentí que moría, de verdad. Y, resulta irónico ¿no?, lo haría solo porque de mí sí que no se ocupaba nadie. Y la constatación de semejante vacío, tan merecido, tan buscado, tan dulce hasta hacía no tanto, me pareció la mayor de las crueldades que podría padecer. Como un puto perro, pensé, así voy a morir. Triste, solo y acabado. Incluso me asombró mi propio asombro ante esta situación, como si nadie más en el mundo sufriese eso mismo, como cuando uno cree siendo adolescente que su historia de amor es de más amor que la del resto.
La fábrica. Las doce horas diarias destrozándome la espalda. La pérdida de quien consideraba mi mejor amigo, algo parecido a un hermano. La neumonía  que me tuvo ingresado un mes. El lío en el que estuvo a punto de meterme aquella niñata de colegio de monjas, como si  yo hubiese tenido que adivinar su verdadera edad a las tres de la madrugada. Los dos años sin curro (y sin paro).El abandono de Martina.
Nada de esto pudo conmigo y resulta que voy a sucumbir a la soledad. Lloro como una magdalena por no haberos dicho te quiero. Fui educado para creer que eso era una mariconada y ahora ni siquiera os tengo delante para culparos por ello.
Fumo sin parar mientras fantaseo con un mediodía de domingo. Me entrego a la ensoñación que me hace bajar de un automóvil familiar, del cual descienden conmigo una mujer con pinta de esposa y dos niños sonrientes que se lanzan en brazos de sus abuelos, es decir, vosotros, y nos disponemos a pasar un día del tipo que me habría hecho vomitar no hace tanto.
He pasado más de media vida escapando, escondiéndome, quitándome de encima a todas las personas que se me acercaron con intención de permanecer y ahora mismo todo eso es aquello que anhelo con desesperación. Me enfado con vosotros por haberme permitido desaparecer, y también con Martina, a la que soy capaz de reprochar que no me soportase más, como si  años de migajas no fuese más de lo que cualquier otra hubiese aguantado, y sobre todo me cabreo conmigo mismo porque ya no tiene remedio.
Abandono entonces. Me rindo a la evidencia de lo que yo mismo he creado y salgo a la calle a las diez, como todos los viernes. A punto estoy de coger el coche y buscarme de nuevo pero entonces recuerdo que me he rendido y camino unos cien metros hasta la plaza, que ya ha adquirido esa apariencia lúgubre y neblinosa que actúa de imán para mí, y entro donde el Robe, todavía con algo de extrañeza metida en el cuerpo. Tres cubatas después, al fin todo es como siempre.
No te he visto nunca por aquí, guapa -hace ya más de media hora que he avistado a una falsa rubia platino, apostada junto a la puerta y con aspecto de aburrirse con sus amigas.
Pues vengo todos los fines de semana. Yo en cambio a ti sí te he visto muchas veces, en este mismo sitio, siempre ligando con alguna supongo que con esta misma frase- me responde - pero no me importa, no aspiro a encontrar marido en este antro.
 Si te esperas a que me acabe la copa, te llevo a otros en los que tampoco vas a encontrar marido pero igual, si eres buena, acabas en mi casa- le digo como quien recita una letanía.
Vale- me contesta muy seria- pero ten cuidado, porque igual, si te despistas, te enamoras.

p.d. Actualización Miss Filias