Le gustaba, sobre todas las cosas, desperezarse perezosamente las mañanas de sábado. Sola, eso sí, requisito imprescindible. Por encima de la brisa, del posible paseo, de los colores de la fruta sobre el mostrador del mercado; le encantaba que los minutos pasaran sin que importase, a sabiendas de que permanecer en la cama con el pelo revuelto y sabor a noche, en nada alteraba el acontecer cósmico.
Jamás dormía con nadie, aunque casi siempre se acostaba oliendo a otro y eso, que a otro tal vez hubiese espantado, era la única seguridad que pedía a la vida, la única ley que de verdad le gustaría permaneciese inalterable por siempre.
Hacía meses, no recuerda cuántos, que el chico de los ojos verdes se había marchado. Igual que vino, suavemente y sin apenas palabras. Tampoco ella exigió respuestas. Si todo había sucedido entre silencios, qué sentido tenía romper a hablar. No hubieran sabido qué decirse, de todos modos. Una vez descubierto que en las excursiones en familia, las cenas de aniversario o los domingos con bebé habían extraviado las invitaciones con sus nombres, para qué insistir, para qué rogar una oportunidad.
Es difícil vivir aquí sin tus ojos, le dice cada mañana al levantarse. Y después lo olvida y cada vez que recuerda que lo olvida, intenta ser buena chica y regodearse en la tristeza que debe suponer el abandono pero, por qué engañarse, no le sale. Y para cuando sale por la puerta, el rimmel ha engullido cualquier posibilidad de dolor. Sólo cuando abre los ojos al despertar; un instante de desconcierto, una punzada en los pulmones, un deseo de dormir eternamente, la abrasión de la toda la sal del océano en el lagrimal.
Pisa fuerte las calles aún mojadas, el frío golpea duro la piel, unos metros más y Primrose queda atrás. Abre la boca y aspira todo el aire de la mañana hasta casi ahogarse. Le gusta probarse a sí misma, sufrir un poco antes de llegar al parque y dejar pasar allí las horas en la mejor de las formas posibles: con la mente vacía.
