Me gustaría que, al menos una vez, la vida abriese paréntesis. No pido uno muy grande, me conformo con uno chiquitito, de esos con apertura y cierre muy próximos. Yo sabría expandirlo tanto como fuese necesario.
Qué cosas más extrañas pides, guapa. A ver, ¿para qué querría nadie un paréntesis? Ah, ya, que estás con una metáfora de las tuyas... empieza a hartarme, la verdad, ese lenguaje a medias con el que gastas tus días. Pues nadie te entiende, mona, que mucho hablar como en clave y no te comes un rosco.
Para eso quiero el paréntesis, joder, para dejar de hablar así. Sería como bucear a pulmón pero sin peligro de asfixia. Podría sumergirme en las profundidades y emerger de nuevo para decir aquello que no sé, aquello que no me atrevo a pronunciar porque me paraliza el rechazo o porque algunas frases no tienen mucho sentido a ciertas alturas del juego. Y luego todo se me queda dentro hasta que ya no cabe nada más y acaba por salir, así de inoportuna soy. Y no me como un rosco porque tienes razón, parezco retrasada cuando le digo al panadero que llevo el Cabo de Gata pegado a la piel. Tú misma viste la cara que puso G. en la cena de julio, cuando le pedí que me eligiese, a mí y a mi mundo, después de ocho años sin vernos. Quiero un paréntesis para poder decir a deshora que la canción que en ese momento suena trae el olor de la mañana en la rue de Sèvres y que se me hace grande el estómago porque eso ocurre, porque cumplo años y mis tesoros aún permanecen para aparecer de cuando en cuando. Que suceda y estar obligada a callar, a mirar por la ventana del auto como si esa canción fuese otra cualquiera, me extenúa y hace saltar unas lágrimas raras de puro mías.
Y sí, ójala contase con el regalo de ese lapso en el consciente.
Pues ( )
¿Qué has dicho? perdona, no entendí.
¿Yo? Nada.